Normalmente subo un mito por mes, pero hoy me siento generosa y os contaré dos. Quiero dedicárselos a Teté, ejemplo claro e indiscutible de mente y espíritu inquebrantables; y a Paz, a la vez Baucis y Harmonía. Ambos mitos están recogidos en las Metamorfosis de Ovidio.
Para empezar con el primer mito, tenemos que encontrarnos con el héroe ateniense por excelencia; en uno de sus numerosos viajes, Teseo y sus compañeros encontraron en su camino el hinchado cauce del Aqueloo (un dios-río), que les invita a pasar a su casa, pidiéndoles que esperen a que bajen las aguas para proseguir su camino. Una vez dentro, se cuentan varias historias, entre ellas una de las que vamos a tratar hoy, el mito de Filemón y Baucis (libro VIII):
... Y antes de todos Lélex, maduro por su espíritu y su edad, dice así: "Inmenso es el poder del cielo y no tiene fin, y lo que los celestiales quieren se cumple. Y para que no tengas dudas, hay una encina cercana a un tilo en las colinas de Frigia, rodeada de un pequeño muro"
Así empieza la historia de dos ancianos frigios, muy pobres, que vivían en una casucha en la colina, algo apartados del pueblo. Él se llamaba Filemón, ella respondía al nombre de Baucis.
Cuenta la leyenda que un día llegaron dos extranjeros a la aldea, buscando cobijo, sin duda agotados por el viaje.
Ninguna casa les abrió las puertas, nadie salió a recibirles, ninguna mano les ofreció agua o comida, ni siquiera un asiento donde descansar.
Sólo la pareja de ancianos de la colina acogieron a los dos extraños. Filemón les acerca su silla para que descansen, y Baucis mulle su colchón para que se recuesten. Les sientan a la mesa, pero han de calzar una de las patas, que es demasiado corta. Sacando lo poco que tienen en la despensa, agasajan como mejor pueden a sus huéspedes.
Repentinamente reparan en que la crátera donde tienen el vino nunca se vacía, sino que parece llenarse cada vez que toman de ella una copa. Asustados, los dos ancianos comprenden la naturaleza divina de sus misteriosos huéspedes. Ambos, humildes, piden perdón por la escasez de los manjares, y se apresuran a buscar algo más digno de un dios.
Baucis atrapa el único ganso del que disponían, y se dispone a sacrificarlo en su honor, cuando el animalito escapa y se refugia bajo las túnicas de los extranjeros, que deciden entonces darse a conocer.
Ante los dos ancianos, el mismísimo Zeus acompañado por su hijo Hermes, les advierte que van a castigar a la comunidad por su comportamiento impío. Sin embargo ellos se salvarán si les acompañan a lo alto del monte.
Una vez arriba, ambos agotados, se vuelven y ven todo el pueblo convertido en una laguna, en la que sólo su humilde casita permanece intacta. Más que intacta, pues ante sus ojos, la vivienda crece y cambia hasta convertirse en un templo. Zeus les dice que pidan un deseo, lo que quieran.
Ambos piden ser sacerdotes del templo, y algo más:
"... que una misma hora nos lleve a los dos, y que yo nunca vea la pira de mi esposa y que no deba ser enterrado por ella"
Los dioses cumplieron su promesa. Por el resto de su vida fueron los sacerdotes protectores del templo. Un día, cuando les llegó la hora, Filemón vio crecer las ramas de los hombros de Baucis, y Baucis vió hojas salir del pelo de Filemón. "Adiós cónyuge mío" dijeron a la vez, y la copa creció sobre sus rostros.
"Todavía los habitantes de Bitinia muestran allí dos troncos vecinos que salen de un doble cuerpo [...]. Vi guirnaldas que colgaban de las ramas y , poniendo unas recientes, dije: Que sean dioses los cuidadores de los dioses y reciban culto los que rindieron culto."
Éste mito, salvando algunos detalles, podría fácilmente incluirse en la Biblia junto a la destrucción de Sodoma y Gomorra y el Buen Samaritano, como una mezcla entre ambos. Es un ejemplo de buena conducta, un premio para el que actúa desinteresadamente y de corazón, a pesar de su pobreza o de tener poco que ofrecer.
Hay también un mito similar en la rivera del Nilo; Isis, buscando a su desaparecido esposo Osiris pide refugio a un grupo de mujeres. Cómo no, es la más pobre la única que le abre las puertas de su casa.
Aquí se ve el carácter aleccionador de los mitos y la tendencia de los dioses a disfrazarse para juzgar a los hombres, o simplemente para pasar inadvertidos entre ellos. De ésta forma se enseñaba a la gente a ser buenas personas, pues nunca sabías cuándo podías estar atendiendo a un dios en tu casa. En nuestra propia religión Jesucristo dice que cuando se acoge al necesitado es a él mismo a quien se da cobijo.
La idea de la persona que se convierte en árbol es muy recurrente. Mirra, madre de Adonis, al que da a luz ya transformada en el árbol al que da nombre; Dafne, metamorfoseada en laurel para huir de aquel que usará sus ramas como corona; las Helíades, rotas por la muerte de Faetonte, convertidas en álamos. Tal vez es ese concepto de lo eterno que se le atribuye a las plantas, en particular a los árboles más resistentes y longevos. Hay circulando un libro de niños, "Mi Abuelo era un Cerezo", de Ángela Nanetti, precioso, que habla precisamente de eso, el abuelito que muere y el nieto que está convencido de que sigue vivo en el cerezo de su jardín.
Los árboles siempre han sido símbolo de vida: el Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal; el manzano de las Hespérides; Yggdrasil, el Fresno de los Mundos... Supongo que los Antiguos se dieron cuenta de que un solo roble del bosque era testigo de todas las generaciones que se habían sentado bajo sus ramas.
El árbol también tienen algo de sagrado, algo de puente entre lo humano y lo divino. A cada dios del panteón griego se le relaciona con uno (por ejemplo, el ciprés está consagrado a Hades. El ciprés hunde sus raíces en vertical en lo más profundo de la tierra, y por tanto se creía que estaba en conexión directa con en Inframundo. Es por eso que es la planta sepulturera por excelencia además de que, al crecer hacia abajo, las raíces no levantan las lápidas.).
Por otra parte, quiero relacionar este mito con los últimos días de Cadmo y su esposa Harmonía. La historia de la fundación de Tebas está en el libro III, y el final de éste mito en el libro IV.
Se cuenta de Cadmo que era uno de los hermanos de Europa, hija de Agénor, rey de Fenicia. Tras ser ésta raptada por Zeus, su padre ordenó a sus otros hijos que fuesen a buscarla, penándoles con el exilio si no la encontraban. Puesto que Europa estaba bajo la custodia del padre de los dioses en Creta, los jóvenes no encontraron ni rastro y se separaron. Cadmo vivió un tiempo en Tracia, pero un día acudió al Oráculo de Delfos a conocer su futuro.
Apolo habla a través de su Oráculo y le dice que encuentre una vaca que nunca hubiese sido enyugada ni utilizada para arar los campos y que la siga a donde vaya para llamar Beocia (que deriva del griego
βοῦς,
vaca) al lugar donde se tumbase a descansar.
Dispuesto a comenzar con los ritos fundacionales, Cadmo envía a sus siervos a buscar una fuente de agua para hacer las libaciones. Sin embargo, los pobres siervos topan en el bosque con una cueva, en la que duerme una enorme serpiente de la que se dice que es hija de Ares. Molesta por ser despertada, la enorme criatura se desenrosca y ataca, matando a los pobres.
Al ver que no volvían, Cadmo acude en su busca y, al encontrarlos muertos, ataca a la serpiente.
Tras un duro combate, consigue matarla. Mientras contempla, agotado, el cuerpo de la criatura, una voz desconocida proclama:
"¿Por qué, hijo de Agénor, contemplas la serpiente abatida? También tú serás contemplado como una serpiente"
Tras ese evidente susto, la mismísima Atenea se le aparece y le ordena que siembre en la tierra los dientes de la serpiente, que darán origen a un nuevo pueblo. Al instante crecen de la tierra hombres armados que comienzan a pelearse entre ellos. Alarmado, Cadmo les detiene, y juntos fundan la ciudad de Tebas, siguiendo los designios de Apolo.
Habiendo vivido una vida larga y siendo testigo de las vidas y desgracias de sus hijos y nietos, Cadmo toma a su esposa, Harmonía, y juntos abandonan Tebas para caminar por Iliria.
Preocupado por el rumbo que llevan sus descendientes, se pregunta si no será culpa de los dientes que sembró el día de la fundación. Suplica entonces ser transformado en una serpiente para expiar ese supuesto pecado.
Comienzan a subir por su cuerpo las escamas, a fundirse sus piernas en una larga cola. Alarmada, Harmonía intenta sujetarlo, rogando que se quede con ella. Cadmo extiende los brazos, aún humanos, y dice:
"Acércate esposa mía, acércate, pobrecita, y mientras algo quede de mí tócame, y coge mi mano mientras es mano, mientras no me ocupa por completo la serpiente."
Y no pudo hablar más, ya que su lengua se volvió bífida. Llorando, Harmonía abraza a la serpiente en la que se ha convertido su esposo y ruega a los dioses que no los separen, que la transformen a ella en la misma serpiente para poder estar juntos.
Cuentan los presentes que en un momento ella aparecía acariciando las escamas de la criatura y al siguiente eran dos las sierpes que reptaban a ocultarse en el bosque.
"Todavía ahora ni huyen del hombre ni lo dañan con heridas, y como tranquilas serpientes, se acuerdan de lo que fueron antes"
Era de vital importancia para muchas de las ciudades-estado griegas tener un mito que describiese el fundacional de su ciudad para emparentarlos con un héroe y legitimar su población frente a las demás. Supongo que todos conocen el mito de Rómulo y Remo, el primero de los cuales da nombre a la ciudad de Roma; o la fundación de Alba Longa por Eneas, fugitivo troyano y antepasado mitológico de los romanos. Los designios divinos fuerzan a los hombres a moverse de un lado a otro buscando el emplazamiento ideal mediante señales, como el águila del lago Tenochtitlán, hoy México.
Si alguno conoce las Argonáuticas de Apolonio de Rodas,recordará que el rey de la Cólquide, Eates, ordena a Jasón que siembre unos colmillos que Ares le regaló. Bien, proceden de esta serpiente que mató Cadmo, llamada por el padre de Medea "La Serpiente de Tebas".
Por último, y para no extenderme más, simplemente diré que he puesto juntos estos dos mitos por su final; la idea de dejar este mundo a la vez, de que el uno no vea cómo muere el otro. Es una idea que hoy en día aún perdura. Al fin y al cabo somos humanos, y ciertos pensamientos no cambian nunca, pues así es nuestra naturaleza.